
Los Granaderos a caballo son la epopeya de la revolución de la
independencia. Cuéntanse diez y nueve generales y cerca de doscientos
oficiales de todas graduaciones salidos de sus filas. Halláronse sus
escuadrones en San Lorenzo, donde probaron sus sables, anchos en la
punta, suavemente templados, de empuñadura delgada y montados con
adorable equilibrio.
Sus escuadrones se encontraron sucesivamente en Montevideo, en Tucumán, en Mendoza, en Chacabuco, Talcahuano, Maipo, Lima, Junín y Ayacucho.
A las órdenes del comandante D. Juan Lavalle, se batió el suyo en
retirada en Torata y Moquegua, atravesó a pie con el recado al hombro
los arenales dilatados del norte del Perú pereciendo de sed; y llegó al
Ecuador donde a vista del Chimborazo y de Bolívar, dos dignos testigos
de sus hazañas, por sólo mostrar la pujanza de sus mandobles, se
batieron con una división española de cuatrocientos hombres, éstos a
lanza, a sable aquéllos, dejando ciento cincuenta muertos en cambio de
algunos chuzasos recibidos. A la hazaña de Ríobamba se siguió la batalla
de Pichincha.
En 1826 un día los vecinos de Buenos Aires acudían en
tropel a ver entrar ciento veinte hombres al mando del coronel Bogado,
últimos restos de los Granaderos a caballo, que volvían después de trece
años de campañas por todas aquellas Américas, como ellos decían a
deponer sus armas en el Parque de donde las habían tomado, anunciando
que no quedaba un español armado en todo el continente. Sus armas y su
estandarte formaron un trofeo en la sala de armas. La tarea estaba
terminada. ¡No sabemos si la patria les dio las gracias! Siete soldados
volvieron, los únicos que quedaron vivos o reunidos en cuerpo de los que
salieron del Retiro. De éstos sí que sabemos que no fueron distinguidos
por pensión ni gracia alguna.
Hasta la creación del Regimiento de
Granaderos a caballo, el patriotismo y el valor habían disipado su
fuerza en combates sangrientos en que perecieron a millares los más
distinguidos ciudadanos. Los caminos que conducen al Alto Perú se veían
desde 1811 adelante cubiertos de jóvenes de las primeras familias,
estudiantes que abandonaban su carrera, comerciantes que cerraban sus
almacenes para acudir a los campos de batalla, como el pueblo de París
en los días gloriosos de la revolución marchaba a la frontera al grito
de la patria en peligro. San Martín se propuso economizar hijos a las
madres y brazos a la industria, montando esa mecánica humana que se
llama regimiento, compuesta de articulaciones animadas, pero con una
sola alma y un solo espíritu; máquinas de vencer resistencias, de matar
en regla con pocos brazos y mucha potencia de destrucción. La táctica y
la disciplina eran mucho; pero más era el espíritu moral de estos
veteranos que debían imprimir su sello a todos los ejércitos. Tomó al
efecto jóvenes robustos, bellos, educados en las maneras cultas,
susceptibles de todos los sentimientos nobles. Hízoles llevar la cabeza
erguida con exaaeración, y avanzar el pecho hacia adelante con
altanería. Para atusarse los bigotes debían levantar ambos codos más
arriba de la altura de la mano, y no dar vuelta la cara sin volver el
cuerpo entero. El lenguaje insolente de estos matones debía corresponder
a su talante; y sus actos a su lenguaje. Una sociedad secreta cuidaba
de que todo insulto fuese lavado con sangre, y toda acción innoble
trajese en pos la excomunión del mal caballero, a quien ninguno de sus
compañeros dirigía la palabra hasta su separación del cuerpo. Permitidas
las calaveradas extravagantes o licenciosas, con tal que fuesen de buen
género y en buena compañía, estos bizarros jinetes, galanes rendidos,
sableadores insignes, han dejado por toda la América rastros de proezas
que es lástima no pueda la historia recoger, como el polvo que se pega a
los grandes acontecimientos. De diez cuadras podía conocerse a la
distancia un oficial del ejército de San Martín, por esa transfiguración
del aspecto humano, obrada por la dilatación del espíritu; y hasta
ahora es fácil conocer un viejo coronel o un simple soldado por la
manera de llevar la cabeza a la Saint Just, mirando más arriba del
horizonte.
Domingo Faustino Sarmiento