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26/6/18

PUBLICACIÓN EN LA PAGINA DE PATRICIOS POR ANIVERSARIO DEL COMBATE DE QUILMES

 ANIVERSARIO DEL COMBATE DE QUILMES
Al amanecer del día 26 el coronel Arze – con el cargo de SubInspector - comprobó que el enemigo, “en número de dos mil hombres y seis cañones de a 8”, se hallaba “a la orilla opuesta de un bañado o pantano, que todos los prácticos del país aseguraban impracticable su tránsito”.
A pesar de esta relativa seguridad, de la dominante posición que sus tropas ocupaban y del aumento de su pequeña fuerza con los ciento cincuenta hombres del coronel de la Quintana, Arze estimó necesario hacer acudir en su apoyo la reserva que, según la comunicación del virrey recibida en la noche, se encontraba en el Puente de Gálvez esperando sus órdenes.
A tal fin envió la siguiente orden al coronel de Elía:
“Inmediatamente póngase V. S. en marcha a incorporarse conmigo, en donde me encuentre, por el camino carril de los Quilmes, con el Tren volante, y pasando aviso al Capitán Dn. Florencio Terrada para que haga lo mismo, pues tenemos los enemigos a la vista y es conforme a lo dispuesto por el Exmo. Señor Virrey.”
Recibida esa orden a las ocho y media de la mañana, el coronel de Elía se apresuró a darle cumplimiento, mandando aviso al capitán Terrada – que se encontraba en la quinta Marull, al sur del riachuelo - de que se le incorporase con su compañía y comunicando al virrey la orden recibida y su correspondiente ejecución.
La reserva que a las órdenes del coronel de Elía iba a marchar de Puente de Gálvez a los Quilmes, se componía de las siguientes tropas:
160 hombres del Regimiento de Voluntarios de Caballería de Buenos Aires
100 hombres de la Compañía montada del Batallón de Voluntarios de Infantería.
División de Tren volante (capitán Vereterra); Dos cañones y un obús.
Formado el destacamento, el coronel de Elía se puso en marcha hacia la Reducción (Quilmes), al paso, pues consideraciones de diverso orden impedían una marcha más rápida. “Los caminos estaban algo pesados por la fuerte lluvia de la noche del 25, que se hacen más sensibles en los terrenos de bañados por donde transitamos”. Además, era necesario considerar que hacía treinta horas que los caballos estaban ensillados y sin comer; y en el deseo de apresurar la marcha, no era aconsejable llegar al lugar del combate con los caballos completamente agotados. Por último, parece que aquel aire de marcha había sido determinado en la orden general de la plaza, dictada el día anterior a mediodía, posiblemente en atención al estado general del ganado y a la falta de caballadas de reserva
El orden de marcha del destacamento del coronel de Elía era el siguiente: A vanguardia una patrulla exploradora de 25 hombres, al mando del alférez Juan Ignacio Terrada, con la misión de “descubrir bañados y caminos, así como para dar parte de cualquier ocurrencia que hubiese, a fin de que la artillería no sufriese demora ni tropiezo algunos en la marcha”. A una distancia prudencial iban las piezas del capitán Vereterra, seguidas por el Regimiento de Voluntarios de Caballería. Cerraba la marcha la compañía del capitán Juan Florencio Terrada.
En este orden el destacamento llegó sin mayores tropiezos a las inmediaciones de la Reducción en momentos en que el combate se había iniciado
“Eran las once de la mañana del 26 y aun había podido moverme de mi posición primera, pudiendo el enemigo desde la suya haber contado uno por uno los hombres que yo tenía”. Así comienza el mayor general Beresford su sintético relato del encuentro, con las fuerzas del coronel Arze y que consigna en su informe del 2 de julio al general Baird.
Agrega a continuación el jefe de la columna inglesa: “Él – refiriéndose al enemigo – se hallaba colocado a lo largo del frente de una loma en que se encuentra el pueblo de Reducción, que cubría su flanco derecho, consistiendo su fuerza principalmente en caballería (he sido después informado de que eran dos mil), con ocho piezas de Tren volante. La naturaleza del terreno era tal, que me hallé en la necesidad de avanzar directamente a su frente y de extender mi línea tanto como podía igual a la suya. Formé todas las tropas en una línea, excepto la infantería de Santa Elena, que constaba de ciento cincuenta hombres, los cuales formaron a 130 yardas a retaguardia con dos piezas de tren, con orden de hacer rente a la derecha o a la izquierda, y al mismo tiempo a nuestros costados si fuesen amenazados por su caballería. Yo tenía dos cañones de a 6 en cada costado y dos obuses en el centro de la primera línea. En este orden avancé contra el enemigo...”
No es posible formarse una idea cierta y exacta de cómo debió librarse el combate entre las tropas de Beresford y las del coronel Arze. En su obra, Beverina trata de esbozar una descripción aproximada, utilizando fragmentariamente los datos de diferentes testigos presénciales, como el cap. Gillespie del Regto. 71° y el de Pedro Antonio Cerviño que formaba parte de la columna del coronel Elía. A este respecto comenta Beverina: Las relaciones de estos dos actores principales y las de algunos testigos presénciales (Gillespie, Cerviño), omiten detalles imprescindibles, o los que consigan ofrecen discordancia.
Desde el momento de su llegada en la tarde anterior al pequeño pueblo de Reducción, el coronel Arze había ocupado con sus tropas una altura dominante, situada a cuatro kilómetros de la playa en la cual desembarcado el enemigo.
En la mañana del 26 la fuerza del coronel Arze “estaba formada en el extremo de un verde y profundo bañado y sobre una llanura elegida, que semejante al banco empinado de un río se elevaba rápidamente muchas yardas sobre nuestro nivel. Nada más adecuado para una posición defensiva”
El coronel Arce consciente que dadas la inferioridad y la menor eficacia táctica de sus tropas y, asimismo, las características del terreno a su frente – inadecuado para la acción de la caballería -, resolvió esperar el ataque del enemigo en la posición en que se hallaba, confiando en desordenar sus filas durante el avance a través del bañado mediante el fuego de artillería, para atacarlo después si las circunstancias resultaban favorables. La formación que dio a sus tropas fue en dos líneas, ocupando la primera los blandengues, en dos filas y desplegados en batalla; a treinta pasos a retaguardia y también en dos filas, los milicianos, cuyo costado izquierdo sobresalía del de los blandengues. En el costado derecho de la primera línea fueron emplazadas tres piezas
Saliendo de la playa en donde habían desembarcado y pasado la noche, “nuestras tropas – escribe Gillespie – formaron en dos columnas, y después de un movimiento de frente de ochocientas yardas – 730 metros -, desplegaron en línea de batalla. El Regimiento 71 llevaba la derecha; el Batallón de Infantería de Marina, un poco a retaguardia de aquél, la izquierda; y el Cuerpo de Santa Elena, doscientos pasos atrás, formaba la reserva”.
Grandes dificultades tuvieron que vencer los ingleses para atravesar el bañado de 2 km de extensión; los cañones, que eran arrastrados a mano por la marinería, debieron ser abandonados por haberse atascado. Además, la artillería enemiga abrió el fuego con alguna eficacia, especialmente en sus primeros disparos. Por último, una columna - Elía - de caballería española, proveniente de Buenos Aires, amenazaba su flanco derecho
A pesar de estos contratiempos, en particular, de la inutilización de su artillería, Beresford no detuvo su avance. A las 11,00 hs. el Regimiento 71(teniente coronel Pack) al sonido de sus gaitas, recibió la orden de avanzar sobre la altura de la Reducción para desalojar de allí enemigo; el Batallón de Infantería de Marina (capitán King) seguiría a su retaguardia, ya para sostenerlo directamente, ya para prolongar cualquiera de las alas; la infantería de Santa Elena (teniente coronel Lane) a 100 metros a retaguardia, con una conversión a la derecha, cubriría este flanco contra la columna que venía llegando desde Buenos Aires
“Habiendo llegado el Regimiento 71 al centro de las eminencias en muy buen orden, seguido por el Batallón de Marina, el enemigo no quiso esperar que se acercase más, sino que se retiró del frente de la altura, ganada la cual por nuestras tropas y comenzado el fuego de los fusiles, aquél huyó con precipitación, dejándonos cuatro piezas de tren y un tambor”
Para saber como había llegado la columna del coronel Elía, utilizaremos las memorias de Pedro A. Cerviño. Cuando la columna se aproximaba a la Reducción, se observó el avance del enemigo a través del bañado y el fuego de artillería que el subinspector Arce había ordenado abrir sobre los británicos; “lo que visto por nuestro Coronel – narra Cerviño – mandó acelerar el paso del Tren y de la tropa, y como a proporción que ésta se aproximaba notaba la formación enemiga, que presentaba a nuestra columna todo el costado derecho de la suya, hizo alto y mandó por un portaestandarte prevenir al Sub Inspector que si le parecía que con su gente en batalla y con el auxilio de los tres cañones del Tren los atacase por el que le presentaban, para distraerle o llamar su atención a dos puntos. Mientras logró su respuesta, se hicieron reconocer las armas, que consistían en espadas y pistolas, de éstas las más estaban sin piedra por el desorden y precipitación con que se les hizo su entrega, y las demás o todas las que carecían de este defecto, tenían el de que las balas de los cuatro cartuchos por individuo no venían de modo alguno al cañón de la pistola”
La respuesta del coronel Arze fue decepcionante, la columna de Elía simplemente debía prolongar la izquierda de las tropas desplegadas en batalla
Mientras daba cumplimiento a esta orden y las tropas de refuerzo formadas en batalla y con sable en mano trataban de alinearse con las anteriores, el coronel Arze ordenó el toque de retirada. Beresford había ordenado atacar a la bayoneta, orden que fue cumplida con gritos atronadores por parte de los hombres del 71º. Ante el ímpetu del avance de los escoceses, los blandengues hicieron entonces una conversión sobre su izquierda y, para substraerse al fuego del enemigo, atropellaron a las tropas del coronel Elía, introduciendo la confusión y el pánico en toda la línea española. Los milicianos no tardaron en seguir el ejemplo, dándose a la fuga en el mayor desorden y dejando en poder del enemigo cinco piezas de artillería
Con grandes dificultades pudieron los jefes reunir la mayor parte de su gente en la altura situada a unos tres kilómetros del campo de la acción, donde, al no verse perseguidos, se detuvieron para reorganizarse
“Contenidas, aunque a la larga distancia, las dos terceras partes de mi tropa, di inmediatamente parte al Virrey de lo ocurrido por medio de un Ayudante, que repetí a poco rato con otro con circunstanciada noticia del número de los prófugos; y manteniéndome a la vista de los enemigos, recibí en contestación la orden de retirarme a Barracas, separando su puente, y en donde debería esperar sucesivas prevenciones”
Dueño del terreno abandonado por el enemigo, el general Beresford detuvo allí a las tropas durante dos horas, tanto para darles un descanso, como para permitir que la artillería pudiese ser sacada del pantano Esto último se logró por la pronta intervención del capitán Donelly, de la fragata Narcissus, quien de propia iniciativa desembarcara con algunos marineros para rescatarlas. Reorganizada su columna, el general Beresford se puso en marcha en dirección al puente de Gálvez (que según datos obtenidos distaba ocho millas), procurando apresurar su llegada al Riachuelo con el fin de impedir que el enemigo pudiese destruir el puente. Y de esa manera, tener el camino abierto hacia la capital del Virreinato, Buenos Aires.

PUBLICACIÓN EN LA PAGINA DE PATRICIOS POR ANIVERSARIO DEL DESEMBARCO BRITÁNICO EN QUILMES

ANIVERSARIO DEL DESEMBARCO BRITÁNICO EN QUILMES
En la mañana del 25 de Junio de 1806, frente a Buenos Aires, siendo las 11 de la mañana los ingleses, después de recorrer la costa en busca del mejor lugar, empiezan el desembarco en Quilmes. Son veinte botes que van y vienen con soldados uniformados de rojo, cañones, caballos, arreos, pólvora, que depositan trabajosamente en la playa bajo una llovizna fría; un bañado los separa de la barranca. Desde allí un sargento de artillería española con cinco hombres y una de las piezas encargadas de las señales dispara el cañonazo de alarma, conforme a lo convenido, y permanece firme. Tal vez los ingleses creen que hay más tropas ocultas en los espinillos, pues se quedan en la playa, calados y ateridos. Hasta el anochecer dura el desembarco de los 1.635 hombres, con sus implementos.
Arze llega a mediodía a Quilmes con 400 milicianos elegidos entre los más dispuestos y mejor montados, a los que ha agregado cien blandengues, dos cañoncitos de a 4 y un obús de a 6. Toma posición en las barrancas junto al sargento del cañón y no hace nada, nada, en toda la tarde. Mirar, nada más. Los milicianos y blandengues desean cargarse al grupo de ateridos ingleses, que se va engrosando cada vez más, pero el subinspector sólo quiere obrar sobre seguro. Manda pedir refuerzos; y mientras vienen, seguirá esperando.
Llega la noticia del desembarco a Buenos Aires. Sobremonte manda tocar generala a las dos y media de la tarde, y la multitud vuelve a congregarse en la plaza; los milicianos reclaman armas, pero el virrey no se atreve a armar a las milicias, dirá más tarde el cabildo en su informe. Se limita a distribuirlas, desarmadas, en compañías al mando de algunos oficiales veteranos. Sólo más tarde les dará una carabina con cuatro tiros a los de caballería.
"Se tocó la alarma general" dirá Belgrano en su Autobiografía "y conducido del honor volé a la Fortaleza, punto de reunión: allí no había orden ni concierto en cosa alguna como debía suceder en grupos de hombres ignorantes de toda disciplina y sin subordinación alguna. Allí se formaron las compañías y yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia".
Sobremonte ordena que la caballería vaya al puente de Gálvez (hoy puente Pueyrredón) donde atraviesa el Riachuelo el camino del sur: son 129 hombres de a caballo, la mitad mal armados. El resto de las milicias debe concentrarse en sus cuarteles, a la espera de armas y órdenes. El virrey revista los 129 del puente, a quienes agrega un tren volante de artillería; luego vuelve a la Fortaleza a disponer se saquen los caudales para el interior, conforme a lo previsto, con una escolta de cien blandengues. Como ha cumplido su deber, se va otra vez a dormir.